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22 octubre, 2006

HIJOS DEL SOL

HIJOS DEL SOL
 
Cuanto cuento, en este relato es el recuerdo preciso de todo lo que viví en una serie de experiencias, que a lo largo de estos años, ha configurado mi actual estado de conciencia y el recuerdo de mi compromiso  establecido hace mas de tres mil años en el antiguo Egipto. No es importante en absoluto la experiencia en sí misma, sino lo que a través de la misma podamos aprender de los antiguos valores que configuraban una élite de iniciados en los valores de la Fraternidad Solar.
Mi primera visión habla de la infancia.
Tutankamon, el hijo de Akenaton gobernaba el Imperio desde su plácida juventud. Pero mi penosa vida no era tan agraciada.  Contaba con dieciséis años y hasta ese momento tan solo había cosechado ampollas en mis manos, dolor en las articulaciones y una piel morena, curtida a la solana de las orillas del Nilo.
Mi familia contaba con mi padre, Abdulek y mi madre Rasar. Además de estos, otras dos hermanas constituían todo mi universo emocional y afectivo. Vivíamos casi en la orilla del Nilo, en los arrabales de la gran Tebas.  Éramos agricultores. Nuestra fortuna consistía en una cabaña construida de adobe y caña, tres asnos, una vaca y otros tantos animales domésticos, diseminados por la empalizada, que en forma destartalada rodeaba la cabaña. 
Pero quizás mi mayor riqueza era una colección de pergaminos que en forma de tesoro conservaba bajo mi jergón de hojas secas de acacia. No era propio de un campesino tener manuscritos, sobre todo porque ningún agricultor de aquella zona sabía leer. Yo aprendí a leer gracias a que un venerable sacerdote del vecino templo de Amón, me había enseñado en los primeros años de mi infancia.  A los cuatro años, mi padre me había encargado llevar la miel de nuestras colmenas  a los monjes del citado templo. Y fue desde la primera visita, que Homet-Ra, mi entrañable maestro me adoptó como su hijo espiritual.  A lo largo de otros tantos años, me fue instruyendo en forma secreta en la lectura de los legados de los dioses antiguos. No tanto porque él pretendiera enseñarme, sino por mi terca obsesión y curiosidad por cuanto observaba en mis repetidas visitas.
Homet-Ra no ocupaba un puesto de rango elevado en la enmarañada trama del sacerdocio del gran templo dedicado al  Dios carnero Amón en Tebas, por el contrario, su trabajo consistía en preparar a los alumnos  que las familias nobles y los hijos bastardos del Faraón, enviaban al templo para recibir el conocimiento.
Algunos de estos alumnos salían de la escuela para ocupar puestos administrativos en la organización funcionarial del Imperio, mientras que otros se integraban en la casta sacerdotal, no solo de este templo, sino en otros tantos numerosos, dedicados a otras divinidades, que en las diferentes ciudades de Egipto requerían de sus servicios.
Mi querido sacerdote vestía con túnica blanca. No tenía el pelo rapado, como yo pensaba que era la forma obligada de los sacerdotes egipcios. Tenía unos ojos negros bellos y penetrantes que parecían taládrate cuando te hablaba. Su voz era reposada, sin prisa, matizando bien cada sílaba. De alta estatura. Caminaba con pasos cortos y lentos; como si no tuviera prisa.  Era un ser humano aparentemente normal, pero esta apariencia era sin duda su mejor disfraz, puesto que detrás de aquella simple humanidad se hallaba el ser más maravilloso que haya podido concebir a lo largo de aquella vida y de las siguientes que me han tocado vivir.
Los escasos momentos de los que disponía, los ocupaba en estudiar los papiros y acudir a ver a mi maestro. Pero cada vez que me ausentaba de casa, mi padre se enojaba, puesto que mi colaboración le era imprescindible para mantenernos a toda la familia.
En mi casa no había un gran ambiente religioso. Tampoco se practicaba ningún rito especial. Pero en una parte destacada de la sala principal había una representación tosca del Dios Hapi, el Dios del Nilo, que en cada aluvión regaba nuestras tierras, produciendo la cosecha tan necesaria para la supervivencia del imperio. Según decía mi padre, solo Hapi era digno de ser invocado, puesto que si se enfadaba y no enviaba el aluvión, se pasaba hambre.
El mismo día en que cumplí los dieciséis años, mi venerable maestro, me dijo:
- Hijo mío, el gran Dios Amón-Ra ha dispuesto que te incorpores a la escuela, para ser formado en los misterios del templo.
Aquel anunció me sorprendió en extremo, puesto que el hijo de un campesino no podía acceder de ninguna manera a dicha escuela. Y por otra parte, mi padre de ninguna manera autorizaría que dejara la casa para integrarme en el templo.
- ¡Pero maestro! Yo no soy hijo de familia noble, y  mis padres no me autorizarían a ingresar en la escuela.
- Ni los nobles más elevados del imperio, ni tus padres pueden contra la voluntad del más pequeño de los dioses.
Yo me preguntaba, la forma o manera en que el Gran Dios de Tebas, habría hablado a mi Maestro. Pero a lo largo de los siguientes años comprendí cuanto ahora me parecía inverosímil.
Al día siguiente nuestra madre nos contó un extraño sueño que le había turbado durante la noche:
“Vi un carnero que estaba embarazado y que tenía dolores de parto. Luego vi como daba a luz un pequeño carnerito pero curiosamente la cara era la de su propio hijo”
El sueño, que no tenía sentido para la pobre inteligencia de mis padres, si que lo tenía para mí y por supuesto para mi maestro, que previamente me había anunciado el deseo de Amón, de mi ingreso en la escuela del templo.
Homet-Ra se presentó a los pocos días en nuestra maltrecha casa. Mis padres se deshacían en reverencias, pues era todo un acontecimiento, el que un sacerdote visitara la choza de unos campesinos.
- Vengo, nobles campesinos a anunciaros la voluntad de los Dioses, que vuestro hijo ingrese en la escuela del templo de Karnak.
Mi padre, al que esta noticia le cayó como una bomba, replicó con cierto aire de enojo:
- No podemos pagar su ingreso en el templo, y además su condición de campesino le hará ser rechazado. Por otra parte, si él se va, ¿Quién me ayudará en los quehaceres de nuestra casa?
- Amón, no tiene los condicionamientos humanos. Si Él ha dispuesto que así sea, nada ni nadie podrá evitar que se cumpla su voluntad. No has de pagar nada, pues he dispuesto que su asistencia sea pagada con sus servicios en el templo. Se ocupará de la limpieza del mismo y a cambio recibirá la enseñanza. El  Gran sacerdote ha aprobado este acuerdo. Además, he dispuesto que, seas solo tú quien dote al templo de miel y como se que dispones de pocas colmenas. He gestionado que sean los otros apicultores los que te entreguen sus mercancías, pudiendo cobrar la comisión de tales entregas. De esta manera no tendrás limitaciones.
Mi padre, se alegró en extremo, pues esta solución resolvía todas sus inquietudes. Mi madre estaba encantada con la posibilidad de haber dado a luz a un futuro sacerdote. Y en cuanto a mis hermanas, su corta edad, les hacía ver todo esto como un juego de mayores.
Pero esta solución tan armoniosa para todos, fue el comienzo de todo un calvario para mi, que duró los siguientes años que viví, no precisamente en paz y felicidad, puesto que al ser un empleado-estudiante del templo, mi trabajo se multiplicó por mil. Unido a las vejaciones, malos tratos y desprecio que los otros estudiantes; hijos de nobles familias, me propiciaron en todo el periodo de enseñanza. Pero si esto fue cruel, más cruel y despiadada fue la actuación de mi maestro Homet-Ra, que ignorando mi dolor, parecía complacerse en las injusticias y desprecios que los otros estudiantes me provocaban cada día. Fue al final de mi preparación, cuando comprendí, la gran sabiduría de mi maestro, al llevarme por el camino del dolor y formar en mi el espíritu de servicio y de humildad. Pero no quiero adelantar acontecimientos y contaré los hechos tal y como sucedieron.
EN EL TEMPLO
La casta sacerdotal en los templos de Egipto no difería de cualquier casta sacerdotal de otros países, y en cualquier tiempo. Existían sacerdotes de una buena realización espiritual pero la mayoría consideraba su vocación como un trabajo al servicio de muchos intereses. Los sacerdotes de Tebas, tenían un poder inmenso, que rivalizaba con el propio Faraón. Rebaños, tierras de labranza, tributos. Personas compradas en todos los niveles sociales y comerciales y por supuesto una gran influencia en la voluntad y decisión del propio Faraón.
Pero dentro de este colectivo, también existían seres sabios, responsables, amantes del espíritu y de los valores éticos universales. Todos sabían que dentro del propio clero se daba una minoría especialmente selecta, que seguía en posesión de los antiguos misterios. Esta minoría habría seguido la filosofía de la antigua Fraternidad Solar, creada por el desaparecido Faraón Akhenaton, el padre del actual Monarca. Pero esta Fraternidad había sido disuelta y estaba prohibido en todo el imperio, restaurar el culto Solar instaurado por Akhenaton y dar cobijo a cualquiera de los antiguos Iniciados.
Homet-Ra, mi venerable maestro, era uno de los sospechosos de haber convivido o haber formado parte de aquella antigua Fraternidad, pero nadie lo había probado, por lo que de una u otra manera había sido marginado, en cierta forma dentro del templo. No formaba parte del Consejo Superior del Sacerdocio, ni era consultado en cualquier decisión que se tomara al más alto nivel. Mantenía el puesto de formador de los jóvenes adeptos debido a que su erudición y conocimiento no tenía parangón en todo Egipto. Por otra parte, sus ademanes y magnetismo, le daban un porte aristocrático y señorial, que levantaba la envidia de sacerdotes mejor situados que él.
Mi entrada en el templo fue todo un acontecimiento que levantó las risas de los más pillos de los otros candidatos. De una u otra manera, les había llovido del cielo el bufón que les divertiría en toda la andadura de nuestro aprendizaje.
- Desde ahora te llamarás Homet, por ser hijo mío -dijo mi maestro- Si alcanzas la iniciación final, tu nombre será Homet-Nut.
Los estudiantes me llamaban en forma peyorativa Homet-Set, pues decían que yo había nacido de un mendigo y una prostituta en pleno desierto. Set, era el dios de los desiertos y de los lugares tenebrosos, por lo que mis compañeros no dudaron en asignarme el mejor de los nombres disponibles. Mi maestro conocía este apodo, y nunca me alivió de estos insultos.
Pasaron los meses, incluso los años. El trabajo duro en el templo me había curtido. Había crecido. Tenía una formación atlética, puesto que las duras cargas de la limpieza potenciaban mis huesos y mis músculos, mientras que los hijos de los nobles, comían muchos pasteles, y practicaban poco deporte. Excepto una docena de jóvenes, la mayoría de los adeptos, andaban sobrados de kilos.
Me había especializado en el estudio de los astros. Homet-Ra me decía, que esta Ciencia era la verdad de los dioses Y que conocerla, era el fundamento de las otras ciencias. También había avanzado mucho en la Historia antigua y un poco en Medicina. De una u otra manera consideraba que este era mi destino y no me imaginaba otra forma de ser o de vivir. El templo, los papiros sagrados y las enseñanzas de mi maestro eran esencialmente el objeto fundamental de mi vida.
Aún recuerdo una serie de incidencias que al recordarlas ahora, no despiertan en mí el rencor, sino una plácida sonrisa.
Amut, el hijo de uno de los principales comerciantes de Menfis, era el cabecilla de un grupo de jóvenes estudiantes, que de ninguna manera valoraban las enseñanzas del templo, a pesar de que su imagen parecía la de seres exquisitos y refinados. Su comportamiento dejaba mucho que desear, no tanto como futuros sacerdotes, sino como seres humanos.
Cierto día en que estábamos practicando unos cantos frente a la estatua de Amor-Ra, vimos espantados  como dos serpientes cobras emergían del fondo de la sala principal, acercándose hacia nosotros. Todos nos apartamos con más miedo que espanto. Las serpientes no solo no se apartaron, sino que se abalanzaban con fuerza sobre todos nosotros. Giramos hacia un lado y ellas lo hacían en la misma medida. Lo hacíamos hacia el otro, y ellas se movían igualmente en nuestra propia dirección. Esto no fue lo peor, puesto que poseído por el miedo, me separé sin querer del grupo principal y las dos cobras, como movidas por un resorte se acercaron a pocos centímetros de mí, ignorando al resto de los estudiantes. Cerré los ojos aterrorizado, invocando con mis labios una plegaria. Sin duda ese momento era el de mi muerte.  Lo que ocurrió a continuación, aun se comento por años en Tebas:
Homet-Ra, se acercó sin miedo a las serpientes. Las miró intensamente a los ojos, pronunciando unas extrañas palabras y las dos cobras, se desmaterializaron ante los atónitos ojos de los estudiantes. Mi estupor fue aún mayor, puesto que textualmente mi maestro había salvado mi vida.
Aquel acontecimiento llegó a los oídos del Sumo Sacerdote, que reclamó la presencia de nuestro Divino Profesor. No supimos a ciencia cierta lo que hablaron entre sí. Pero se comentaba que el Supremo Sacerdote había ofertado a mi maestro una tremenda suma de oro y de tierras, a cambio de los secretos que poseía, capaces de someter a las serpientes. Homet-Ra, tuvo que ingeniar una serie de mentiras, que pusieron en guardia a su superior, haciéndole aún más receloso de los actos y carisma de mi venerable maestro. Por otra parte, no podía expulsarle del templo, puesto que esto habría dejado al Superior de la Orden en evidencia.
Al día siguiente, al llevar la escudilla de comida a mi magnífico profesor, contemplé asombrado que estaba llorando en silencio en un sombrío rincón de su austero habitáculo. Yo alarmado me precipité hacia él con tanta fuerza, que la comida cayó al suelo estrepitosamente.
- Que es lo que te ocurre Maestro.
Homet-Ra, con evidente vergüenza por haber sido descubierto en su debilidad, replicó en voz baja.
- Hijo mío, he desobedecido mi juramento… He desobedecido… He fallado.
Las palabras salían húmedas desde el corazón resentido de mi padre espiritual, rompiéndome mi alma.
- ¿Pero en qué has desobedecido? venerable.
- Fue ayer al espantar a las serpientes.
Yo me quedé asombrado, pues no solo no había hecho ningún daño a nada, ni a nadie, ni siquiera a las cobras, sino que había salvado mi vida.
- Pero maestro ¿cómo puedes sentirte culpable?
- No puedes entenderlo, hijo mío.
Y sin darme más explicaciones salió de la sala ajustando su túnica, con la asombrosa máscara de una apariencia serena, que acallaba su alma dolorida. Y yo me quedé con una tremenda intriga y hasta cierto punto molesto por no entender nada.
Ese mismo día, me enteré que Amut con sus compinches, había untado con bayas mis ropas y las serpientes atraídas por las vibraciones de las mismas me habían perseguido. La ira enrojeció mi cara. Se trataba de un asesinato. ¿Cómo podía un ser humano realizar tales actos? Tomé una de las gruesas escobas con las que limpiaba el templo, la rompí contra el muro, y cogí el grueso mango de acacia con el firme propósito de matar a Amut y a quien se pusiera por delante.
No había traspasado la puerta de la cocina, cuando apareció ante mi, severo y firme, Homet-Ra.  Me miró con una ternura inusitada diciéndome:
- Homet-Nut  -¿Dónde vas?- No ves que vas a aplicar la misma violencia que la que has recibido tu. ¿De qué te vale el conocimiento si te hace agresivo?
El palo cayó de mis manos, como impulsado por una extraña fuerza. Mis brazos se quedaron muertos y mi mente se quedó en blanco. ¿Qué fuerza tenía aquel hombre en la palabra para someterme de aquel modo? Mi maestro,  como si hubiera escuchado mis pensamientos, dijo en silencio.
- Solo cuando aprendas la fuerza del verbo, valorarás más la necesidad de estar en silencio y en paz.
- Venerable, ¿Por qué me has llamado Homet-Nut?
- Por que le he hablado a tu espíritu y no a ti.
- ¿Cómo puedo yo descubrir mi espíritu?
- Yo te enseñaré.
Luego me invitó a su aposento. Se asomó a la ventana y puso sobre la mesa un tiesto parecido al geranio. Tomó un jarro de baro que contenía gua y con una paciencia infinita fue regando gota a gota la planta a la vez que musitaba una pequeña melodía, que no salía de su boca, sino de su estómago o algo por el estilo, puesto que no le veía mover los labios. De repente, me quedé atónito, pues la planta comenzó a moverse con un extraño movimiento que parecía ir al compás de la melodía de Homet-Ra. Esto era magia o bien mi maestro era el ser más extraordinario que yo haya podido ver en todas mis vidas.
Levantó la vista hacia mí y me dijo:
- ¡Prueba tú!
Tomé yo el jarro y traté de imitarle pero no se movía nada. Solo en mi cerebro, me sentí impotente.
- Tienes que poner la mente y el corazón en la palabra. Tienes que ignorarte, para ser sonido. Nuestros antiguos padres, los dioses, crearon el mundo por medio de la palabra. Es por esto que el iniciado es silencioso, pues sabe que cada palabra pronunciada crea una idea forma, una entidad, que vive y actúa.
Lo intenté de nuevo y por supuesto no se movía nada. ¿Cómo lo hacía mi maestro? Pues evidentemente no dejaba de ser un enigma, que con el tiempo aprendería a desvelar.
 
A partir de aquel día Homet-Ra me llevaba antes del amanecer al valle de los Reyes, y me enseñó a meditar, sentado en cuclillas, mirando al naciente Sol de la mañana. A partir de aquel momento comprendí por que Akhenaton había instaurado la Fraternidad Solar. Comprobé maravillado que el Padre Sol te habla, te muestra el camino, te enseña millones de formas. Vi que el Sol era una ventana donde se podía mirar lo próximo y lo lejano. A partir de aquel día comencé a vibrar en otra dimensión. Los amaneceres eran sin duda la experiencia más excitante que jamás había vivido en toda mi precaria existencia. ¡Probad a meditar cara al Sol cada mañana y sabréis que lo que cuento es verdad. Hacedlo como me lo enseñó Homet-Ra! Meted en vuestra glándula pineal el Sol mismo, iluminadlo por dentro. Poneos ante el Divino Astro y hacen doce pequeños parpadeos, metiendo la luz en vuestra hipófisis. Luego; con el cerebro encendido, veréis como el Sol os envía imágenes, sonidos, formas y emociones.
Pasaron los días y aquel saludo al Sol fue una rutina para mí y para una decena de compañeros, que en igual medida habían comprendido el verdadero camino de la sabiduría. Uno de estos compañeros, era uno de los hijos bastardos del antiguo Faraón Akhenaton. Un hermano espiritual del que luego os hablaré, al que conocería la Historia como Moisés, nacido de la unión de un Faraón y una esclava hebrea.
Ocurrió en varias ocasiones que emplena meditación matutina, en el saludo al Sol, vimos como Homet-Ra levitaba en el aire a cerca de cuarenta centímetros de suelo. Todos nos quedamos atónitos observando a nuestro maestro levantarse inconscientemente en el aire. Pero nos juramentamos para no contárselo a nadie, puesto que si se divulgaba tal prodigio, nuestro querido maestro habría sido expulsado del templo, quizás a los límites del Imperio y nos habríamos quedando sin su divina presencia. Por otra parte, al terminar la meditación, Homet-Ra, no sabía absolutamente nada de lo que había sucedido y no era consciente de haber levitado. Al parecer entraba en un estado de trance, donde el espacio y tiempo no tenían sentido. Nuestro querido Educador nos hablaba que teníamos que ver una luz brillante en nuestro cerebro y observar una espiral que te subía hacia el cielo. Y en verdad, debo confesar que ambas visualizaciones fueron habituales para mí. En cualquier caso, yo no fui nunca consciente de haber levitado, ni mis compañeros me dijeron nada al respecto.
Finalmente di gracias en mi corazón al despiadado Amut, puesto que gracias a su acción yo había aprendido el lado contrario.  Gracias a Amut, había vivido en carne  la propia la Ley del dios Thot, que habla de que  en nuestro planeta todo es bipolar, como lo es el día y la noche. Tan solo hay que disfrutar del día y encender el Sol de nuestro cerebro por la noche.
 
 
AMUT Y SUS MALDADES.
Si contara los miles de detalles, vivencias y anécdotas que vienen a mi mente en el recuerdo de aquella vida, podría escribir una enciclopedia. Aunque lo paradójico era que el tiempo de mi recuerdo había sido de escasos minutos, mientras que en ese espacio percibía las vivencias de un montón de años.
Pero hay recuerdos traumáticos y complejos que no puedo obviar. Me refiero a las malvadas actuaciones de Amut.
Ocurrió que cierto día en que debíamos ir al templo de Osiris para aprender parte de las ceremonias que emplean sus sacerdotes en el culto funerario. Amut y su grupo no solo no acudió, sino que se marcharon a un  burdel de prostitutas y se emborracharon con cerveza. Esto que era en cierta forma habitual para este diablillo, no tenía nada de particular. Pero los efectos de la borrachera fueron dolorosos para mí. Al parecer Amut, comunicó a uno de los sacerdotes del templo de Amón, próximo al Sumo Sacerdote, que Yo frecuentaba el burdel y que por supuesto me emborrachaba a menudo.
La disciplina y la virtud, eran elementos que los sacerdotes no pasaban por alto y por supuesto estas faltas constituían la expulsión de la escuela del templo.
Se me hizo comparecer ante una comisión para presentar pruebas ante la acusación que pesaba sobre mí. Pero los testimonios de los testigos, amigos de Amut, habían creado una atmósfera de tremendas dudas. Yo presenté a los testigos que habíamos estado en el templo de Osiris y que certificaron mi presencia entre ellos durante toda aquella jornada. Pero la duda había sido sembrada y la queja fue trasladada a mi maestro.
Homet-Ra me llamó a su presencia y me dijo:
- Acudirás durante tres semanas al Nilo antes de la meditación de la mañana y purificarás tu cuerpo en sus aguas.
- ¡Pero Maestro! Yo no soy culpable de nada. Jamás he acudido a un burdel y no he bebido cerveza en mi vida.
- O cumples el castigo o serás expulsado muy a mi pesar. Pondré dos testigos a tu lado que comprobarán si te purificas con el baño.
Grite, lloré y me sentí morir. Podía pasar por los insultos de Amut, por las vejaciones de todos los compañeros y por el castigo de todos y cada uno de los sacerdotes. Pero no podía comprender como mi venerable Maestro no me escuchaba, no me creía y no confiaba en mí.  Esto era como la muerte de un padre. Como si me quedara huérfano.
Desee marcharme del templo. Ya no me importaba en absoluto ser sacerdote. Me sentía traicionado, pero opté por cumplir el castigo como afrenta hacia mi propio Maestro.
Siguieron los días uno a uno, sin que Homet-Ra, me dirigiera la palabra, cumpliendo el castigo con la disciplina de un soldado. Mi odio y resentimiento también iban en aumento. Pero la decisión de marcharme del templo era algo irreversible.
Nunca llegó el final del plazo previsto. En la segunda semana, me entró una fiebre terrible. Simplemente me moría. Aquel día no pude asistir al templo, ni realicé ninguna tarea. Permanecí en el lecho totalmente inconsciente. Ciertamente me moría. El médico que me atendía dijo que la inmersión en el Nilo en plena noche me había enfermado. Esta afirmación había aumentado aún más el odio hacia mi maestro, que no vino en ningún momento a verme en mi  lecho.  
Al tercer día de las fiebres, perdí la memoria, el espacio y el tiempo. Solo escuchaba la voz del doctor que me atendía diciendo –ha muerto- Yo vi cómo salía de mi cuerpo y me metía por un pasillo luminoso. Que me alejaba del frio de mis despojos humanos. Me sentía ligero, sin dolor, sin peso, sin límites, sin espacio, sin tiempo. Y al final del túnel vi el espacio más maravilloso que jamás había visto. Era un mundo de luz, absolutamente beatífico. Vi también a mis abuelos muertos, que me saludaban con una maravillosa sonrisa. Estaban más jóvenes y más plenos. Vi a otros seres que a lo largo de los años anteriores habían viajado por la barca de Osiris.
Por un momento desee que aquello no pasara nunca. Estaba en el paraíso. Luego ví como aquellas almas, después de algún tiempo, encarnaban en la tierra, en distintos lugares, con diferentes caras, con distinto género y con diversas habilidades. Comprobaba en ese estado que la muerte no existe. Que la vida en la tierra no es sino una forma de padecer. Y que la verdadera vida estaba allí.  Vi además que yo había tenido muchas vidas anteriores y que vendrían otras tantas. Incluso me vi escribiendo este relato en este momento futuro que estoy viviendo. Era feliz, inmensamente feliz. Pero mi felicidad duraría poco, puesto que vi venir a mi maestro, Homet-Ra, acompañado de dos seres igual que él, con túnicas blancas luminosas y con una actitud beatífica. Estos seres eran simplemente maravillosos.
Homet-Ra, que en ese espacio parecía el propio Amon-Ra, me miró con una ternura infinita y me dijo:
- ¿Has comprendido ahora?
Y al instante comprendí que una vez más mi divino maestro me había hecho pasar por una experiencia extrema para que aprendiera el más importante de todos los misterios: “la inmortalidad”. Vi el tremendo esfuerzo que había hecho Homet-Ra, mostrándose duro y distante, cuando su corazón gemía de amor y de cariño hacia mí y hacia mi espíritu.
Quise abrazarle con toda mi alma. Pero los dos seres que le acompañaban dijeron en forma autoritaria: 
- Desciende; no es tu momento….
Y al instante escuché de nuevo la voz del médico que decía.
-  Ningún muerto puede llorar. De nuevo está entre nosotros.
Y gradualmente el frío de mis venas y de mi sangre me fue trayendo a la triste realidad de la precaria vida en la Tierra.  La fiebre había desaparecido. Me había salvado. Bajo el dintel de la puerta de mi cuarto estaba mi maestro con una sonrisa en sus labios. A duras penas me levanté de la cama y me abracé a su cuello llorando desesperadamente.
- ¡Perdóname maestro…perdóname!
Pero Homet-Ra me apartó de su pecho y poniendo un dedo entre sus labios me ordenó con una ternura infinita que guardara silencio. Ahora entendía el silencio del iniciado. ¿Cómo podía decir a nuestros mandatarios y al Faraón, que sus tumbas y las inmensas riquezas con las que se enterraban no les daría la vida eterna? Nunca jamás podían imaginar que el  rico de hoy es el esclavo de mañana y que en el otro lado no se necesitan riquezas materiales, sino espirituales. Que el espíritu es inmortal y no mide su calidad por la posición terrenal, sino por las virtudes. Solo cuando se tiene una experiencia como la mía, se puede entender, pero el hablar más de la cuenta puede significar desde el descrédito, hasta la propia muerte.  Y valore el silencio de mi divino maestro como el escudo más eficaz ante el ignorante y al engañoso sabio del mundo de la materia.
Una vez más tenía que agradecer a Amut, que por sus locuras yo había comprendido uno de los más importantes misterios de la vida. Una vez más la Ley de la Polaridad me había dado una perspectiva completa de la inmortalidad.
Otro de los amargos recuerdos de aquellos años de aprendizaje está referido a otra de las locuras de Amut y de su grupo de inconscientes amigos. En esta ocasión el acto fue extremadamente grave.
A los lados de la estatua principal de Amon-Ra, en el templo de Karnak había dos pequeñas lámparas en forma de cuenco, que contenían el aceite sagrado con dos mechas encendidas, día y noche durante todo el año. Era el Fuego Sagrado simbolizando al fuego solar. Los cuencos eran de oro labrado y de una refinada belleza.  Amut, superándose a sí mismo en ingenio maligno, no se le ocurrió otra cosa que robar ambos cuencos y esconderlos bajo la tierra del jardín de la parte posterior del templo. Luego hizo correr la voz de que los cuencos habían sido robados por mí, que a su vez los había vendido en el mercado.
Yo estaba ajeno a estos comentarios, hasta que el ayudante del Sumo sacerdote me notificó que casi con seguridad iba a ser expulsado del templo por haber robado los soportes de oro de Amon. Yo como no tenía ni idea de lo que me estaba hablando simplemente lo negué y no le di más importancia. Pero el ayudante no solo insistió sino que me convocó a una reunión al cabo de dos días, junto con mi valedor en el templo, Homet-Ra.
Preocupado finalmente por esta acusación, fui rápidamente donde mi maestro solicitando consejo y ayuda. El no se inmuto, simplemente esbozó una sonrisa diciéndome.
- Si no eres culpable, ¿Por qué te preocupas?
- Pues porque me han amenazado con expulsarme y tomar a su vez represalias contra ti.
- Vuelve a tu aposento y pide a Amon-Ra la serenidad necesaria para afrontar la prueba en el próximo juicio al que serás sometido. Pero si no eres culpable nada debes temer.
- Maestro, cuando me pides que hable con Amon-Ra, ¿Cómo debo imaginármelo? Con la cabeza de carnero o simplemente como un ser de carne y hueso. ¿La cabeza de carnero, no es algo simbólico?
- No hijo mío. Efectivamente en los primeros días del viejo Egipto, bajaron del cielo seres superiores a nosotros que nos enseñaron a tejer los lienzos, sembrar las tierras y practicar la Medicina. También nos hablaron del Universo, mostrándonos las constelaciones y los conceptos que ahora os enseñamos en la escuela. Uno de esos seres fue Amon, que efectivamente tenía cabeza de carnero. No es algo simbólico. Aunque al ser humano le resulte imposible atribuir la deidad a un ser de tal semblante. Amon, instruyó al pueblo en sabiduría y artes. El fue el que nos enseñó a fabricar el queso y a producir y criar las primeras reses que ahora tenemos en Egipto. Después de un tiempo Amon volvió al Cielo, a su morada, desde donde nos vigila y nos consuela.  El centauro, es mitad caballo y mitad hombre; pero luego será solo hombre. La sirena antes era pez y luego será hombre, pero sus rasgos conservarán cierto parecido al animal que fue en su día. Si matamos a un animal, matamos a un futuro hombre. En otras estancias del Universo viven seres que a nuestro entender son horribles por su presencia, pero que su evolución espiritual es superior a la nuestra en millones de años. Finalmente Amon fue compenetrado por el espíritu de Ra, de ahí su nombre Amon-Ra. En igual manera los seres que alcanzan la iluminación en la Iniciación Solar, son también compenetrados por el espíritu superior, son entonces “hijos de RA” o “Hijos del Sol”.
Aquella noche la pasé rezando no solo a Amon, sino a Ra, a Isis, Osiris, Nut, incluso al propio Set. Todo menos abandonar la escuela y a mi maestro.  En la mañana el maestro nos llevó al valle de los Reyes a meditar. Yo pensaba que era la última ocasión en que podría practicar tal rito con mis queridos compañeros. Maser; que así se llamaba el que luego fue conocido como Moisés se acercó a mí y a pesar de ser muy parco en palabras, incluso de hablar con dificultad, puso su mano sobre mi hombro y me dijo:
- Tú no te irás, querido hermano; esta noche he soñado con mi padre y me ha dicho que tú serás el próximo Imperator de la Orden. El cielo de protege.
Las lágrimas salieron de mis ojos, al ver tanto amor de un verdadero príncipe de Egipto, pues aunque fuese hijo de una esclava, no dejaba de ser la propia sangre del antiguo Faraón. Afortunadamente tenía amigos, más que amigos, hermanos. Y esto me hacía vivir una maravillosa sensación de protección. Maser, sin duda, me animaba, pues en ninguna manera podría ser el Imperator de una Orden, que por otra parte nadie sabía si existía ya, incluso que estaba proscrita.
Volvimos al templo hacia el atardecer. La asamblea de los sacerdotes nos había convocado, tanto a Homet-Ra como a mí. También estaba Amut con tres testigos falsos. Fuimos en silencio siguiendo al Sumo sacerdote hasta el templo. Pero nada más franquear la entrada, nos quedamos todos petrificados. Los cuencos de oro estaban conteniendo la llama sagrada a cada lado del dios. ¿Quién los había puesto allí? Sin duda Homet-Ra, los había materializado con la mente o habría realizado otro de sus milagros. De hecho las miradas se pusieron sobre él. Homet-Ra se adelantó del grupo y con voz airada replicó al Sumo sacerdote y a cuanto estaban en el séquito:
- ¿Cómo vais a juzgar a un ser sin haber cometido delito?
Amut y los testigos se pusieron de color encarnado y bajaron la cabeza. El Sumo Sacerdote, que tenía negocios con los padres de Amut, no sabía qué hacer, puesto que al estar los cuencos en su sitio, debía de ser juzgado el acusador como mentiroso. Todos esperamos la reacción del Superior, pero este mandó disolver la asamblea, diciendo que era un tema que se debía estudiar con más tiempo, puesto que efectivamente los cuencos había estado dos días ausentes y en ese caso, tampoco era del todo culpable Amut, ni lo era yo. Otra vez la sombra del misterio gravitaba sobre la cabeza de Homet-Ra, pero como en tantas ocasiones nada se podía probar.
Al día siguiente pregunté a mi maestro sobre el misterio de los cuencos. El sin darle importancia me dijo:
- Ellos me llamaron desde el jardín. Los desenterré y los puse en su sitio. Siempre supe que tú no habías sido el autor del robo.
- ¿Cómo pueden llamarte unos objetos que no tienen boca?
- Tienes los oídos tapados por la ignorancia, hijo mío. Todos los objetos tienen alma, tienen vibración, emiten sonido y expresan sus emociones. “Todo es Dios y Dios está en todo”. Esta es una enseñanza que el divino Thot nos trajo desde el principio de los tiempos. Solo hay que abrir los sentidos y escuchar con el espíritu.
Enseguida reparé en sus palabras, puesto que cuando estábamos en el Saludo al Sol de las mañanas efectivamente podía escuchar como  Ra me hablaba y me enseñaba imágenes, pero en ese estado podía escuchar a la roca, al águila y a los más pequeños de los insectos. La clave sin duda era mantener el mismo estado de conciencia a lo largo de todo el día. Pero esto era difícil, pues la materia dicta su ley y es difícil sustraerse a su tiranía. Solo seres como Homet-Ra podían vivir en dos mundos paralelos o en dos estados de conciencia diversos o unidos por la atención. Realmente mi maestro era el ser más maravilloso que existía en el mundo y yo me felicitaba por ser su hijo.
LA INICIACION SOLAR
El periodo de preparación de todos los alumnos había llegado a su fin. La administración Egipcia era una máquina de precisión y se iban a entregar los destinos de los alumnos que habían superado las pruebas. Habían sido siete años de trabajo. Yo me había hecho más mayor. Había aprendido muchas cosas. Las pruebas finales las había superado sin dificultad y tenía que abandonar el templo para ser destinado a otro lugar o bien quedarme en el mismo con alguna tarea asignada. Pero este destino no era para mí muy apetecible, puesto que de ninguna manera podía separarme de Homet-Ra.
Fue el propio Homet-Ra quien me dijo:
- Has sido destinado a Menfis
De nuevo las lágrimas salieron de mis ojos a la vez que se me encogía el alma. Homet-Ra se acercó a mí, me abrazó y dijo:
- No sufras hijo mío, pues al marchar lejos verás que nuestra unión será más fuerte. Todavía tengo que darte una sorpresa.
¿Qué sorpresa era esa?... Lo supimos a los pocos días. Como final de curso, se nos autorizó a ser visitado por las familias y a tomarnos tres días de descanso, en el que podíamos hacer lo que deseáramos antes de marchar a nuestros destinos.
Homet-Ra me hizo llamar a su modesta habitación. Cuando llegué, no estaba solo. Maser y otros cinco estudiantes estaban esperándome.
- Hijos míos; Dentro de tres días, no iréis de descanso, pues tengo que daros la última lección. Hasta que llegue el momento no podéis comer nada, solo beberéis agua.  Aislaros y meditar. Os espero en el valle de los Reyes al amanecer. Debéis ir purificados, con túnica blanca.
Nos miramos unos a otros, sin saber a qué lección se refería. Pero el amor que nos unía a todos, y el respeto hacia nuestro maestro nos hacía suponer que era algo bueno. No dudábamos de sus intenciones. ¿Por qué solo había citado a siete estudiantes?...
Caminamos toda una mañana por el Valle de los Reyes, hacia El Sur del Nilo. Finalmente encontramos una pequeña pirámide escalonada que contenía en su base una puerta casi cubierta por la arena del desierto. Era una de las múltiples pirámides de la Primera Dinastía, que nadie sabía con certeza si eran monumentos funerarios o elementos ceremoniales.
Dentro de la estructura hacía un calor casi insoportable, además el olor no era precisamente ningún perfume. Homet-Ra, encendió unos polvos de incienso en los extremos de la habitación. Tenía unas dimensiones de 16 metros cuadrados. En las paredes de piedras puestas a modo de sillería, había viejos grabados casi borrados, junto con el humo de hogueras que los pastores habían encendido a lo largo de los años.
Esperamos casi una hora a que se ventilara la habitación. Finalmente al estar liberada la puerta y con los olores del incienso, parecía que se podía estar con cierta tranquilidad. Yo me preguntaba el por qué de estas maniobras tan insensatas y por otra parte, tan secretas.
Nos sentamos en un pequeño círculo. Todos conocíamos la forma de entrar en el trance adecuado, dado que los años anteriores habíamos practicado con nuestro maestro el saludo al Sol. Al cabo de media hora el olor desapareció, el calor ya no nos molestaba. Una extraña luz comenzó a formarse en el centro del círculo; luz esta, que se fue haciendo más y más grande, hasta llenar la habitación de luz perfecta. De repente, sentí que era arrebatado hacia arriba. Me vi viajando por el aire. Sin embargo, mi cuerpo estaba en la pirámide. Sin duda se trataba de un desdoblamiento de mi espíritu. A la vez que yo ascendía, sentía que junto a mí, los otros hermanos también me acompañaban. Vi finalmente que encima de la pirámide en el cielo azul, había una extraña nube metálica de dimensiones enormes.
Estaba yo visualizando todos estos elementos con los ojos cerrados, cuando se produjo el fenómeno más alucinante que haya podido vivir cualquier ser humano en toda la Historia.  Una enorme estancia llena de luz nos acogió. Estábamos todos con los ojos cerrados, pero a pesar de todo, podíamos ver cada detalle de la estancia y de sus ocupantes. Pero curiosamente ya no estábamos solo siete hermanos, sino muchos más. Al parecer los otros, habían sido ascendidos desde Menfis, Elephantina, incluso por el color amarillo, blanco y rojo de su piel, parecían que no eran hijos de Egipto, sino de los lugares más recónditos del mundo. Todavía hoy me pregunto cómo se podía haber dado tal fenómeno.
Había tres seres bellísimos con túnicas blancas. Eran casi andróginos; es decir, no sé  si eran hombres o mujeres. Junto a ellos estaba mi Maestro Homet-Ra, que en igual manera tenía otra túnica blanca. Parecía que una música beatífica llenaba nuestros sentidos. Uno de los seres, tomó un pergamino que irradiaba luz y dijo:
- El Hijo del Sol no puede adorar a ningún mortal, ni ser encarnado en la Tierra.
- El Hijo del Sol, no puede crear templos, sectas, grupos o jerarquías doctrinales.
- El Hijo del Sol no puede realizar milagros ni prodigios, en la medida que estos, atraen a circenses o adeptos que valoran el fenómeno y no el conocimiento
- El Hijo del Sol no puede cobrar ningún dinero ni estipendio por trasmitir el conocimiento.
- El Hijo del Sol no puede ser maestro de nada ni de nadie.
- El Hijo del Sol debe cumplir con los valores universales de Justicia, Paz y Amor. Evitando servir tiranías, dogmatismos y fundamentalismos, sean estos religiosos o políticos.
Luego, el otro ser, tomó otro libro que extrañamente se suspendía en el aire y estuvo leyendo una serie de recomendaciones y leyes que al parecer debíamos cumplir a partir de ese momento (*).
El tercero de los presentes, portaba una caja de oro, con el interior de terciopelo rojo. Metió la mano dentro y tomo una cadena de oro que tenía en su extremo una medalla dorada, que tenía grabado los rayos del Sol. En el centro de la medalla había un rubí de color rojo que irradiaba rayos luminosos extraordinarios.
Uno a uno recibimos el Sol en nuestros pechos. Cuando me impusieron el mío, sentí que algo me estallaba por dentro. Ya no era el mismo. A partir de ese momento, yo me sentía renacido, con una familia, un compromiso, un objetivo, un destino. A partir de ese instante era un Hijo del Sol.
Todos estábamos felices, pero a la vez, tristes por que aquella ceremonia llegaba a su fin. La sala se fue llenando de seres diversos, extraños, multiformes. De todos los colores imaginables. Parecía que eran seres venidos de toda la Galaxia, que al igual que nosotros habían hecho el compromiso Solar. Era una atmósfera beatífica maravillosa. Allí estaba la Sal y Levadura de los seres humanos que poblaban, no solo nuestro mundo, sino otros mundos distantes y lejanos.
El estado de gozo se terminó. Poco a poco fuimos descendiendo de la nube metálica hasta situarnos en la estancia de la pirámide. Nada más abrir los ojos, nos llevamos la mano al pecho, pero sobre nuestras túnicas no había nada. Una extraña decepción nos invadió, pues todo había sido una ilusión. Homet-Ra, se puso en pié. En sus manos había una pequeña bolsa de terciopelo. Metió la mano y sacó una cadena con una medalla, que tenía en su centro un rubí rojo. Era exactamente igual al que había visto en la nube metálica.  Se acercó al primero de los hermanos del círculo, le dio tres besos y puso sobre su pecho el medallón. Luego siguió imponiéndolo uno a uno, hasta llegar a mí. Me dio tres besos y en voz casi imperceptible me dijo:
- Ya no eres mi hijo, sino mi hermano.
Todos sabíamos dos cosas fundamentales. La primera; que nuestra vida ya no sería la misma y seríamos separados físicamente a nuestro pesar. La segunda; que debíamos mantener en secreto todo cuanto habíamos vivido, así como nuestra Identidad Solar.
Todos sabíamos igualmente que aquellos soles de nuestro pecho eran receptores de conocimiento. Eran pequeños transmisores, al igual que lo fue en los primeros tiempos del Imperio el Hierofante. Todos sabíamos que estábamos ahora más unidos que nunca, más coordinados que nunca, más operativos que nunca. Todos sabíamos que la misma orden era recibida tanto en oriente, como en occidente, por un hermano amarillo, rojo o blanco. Todos éramos conscientes que debíamos cumplir con nuestro compromiso, pues en ello no iba, la vida o la muerte física; que no nos importaba, sino la muerte espiritual.
Volvimos a Tebas. Todavía  Homet-Ra nos requirió para una nueva experiencia. Pero no fuimos todos los hermanos. Solo Maser y yo fuimos convocados a su presencia. Casi no hubo palabras, simplemente tomamos el camino de las afueras de Tebas. Fuimos a la casa de uno de los generales de la guarnición de la ciudad. Se trataba del general Akonti, héroe de guerra, que vivía retirado en su bella casa junto al Nilo.
Nos sorprendimos mucho al ver que acudíamos a la presencia de un general ¿Qué tenía que ver Homet-Ra, con un general? No era una asociación muy lógica la Iglesia con el ejército, pero Akonti no era lo que parecía. Se trataba de uno de los viejos hermanos de la Fraternidad Solar del tiempo de Akhenaton, que había conservado su identidad en el más estricto secreto. Akonti, tenía un rostro sereno cargado de experiencias y de resignación. Delgado y de ademanes atléticos nos recibió con una sonrisa. Tenía una camisa blanca que le llegaba hasta las rodillas. Sin que él se diera cuenta y al inclinarse pude ver el medallón que colgaba de su pecho semejante al que habíamos recibido nosotros en la iniciación. Sin duda era uno de los nuestros.
Nos dio a tomar una especie de cerveza dulce y unos dátiles. Se interesó por nuestros destinos y nos habló de otros hermanos de otros países que conocía y que a su vez le habían enriquecido en las diversas experiencias que les había tocado vivir. La Fraternidad Solar era sin duda una realidad coordinada estrictamente por los dioses que se escapa a la comprensión global de cualquier de sus miembros. Era como un hormiguero donde cada miembro se dedicaba a su trabajo. El primero de todos los seres de la Fraternidad Solar era el sumo sacerdote de Madián, conocido por el nombre de Jetró. Homet-Ra era el guardián el “ojo de Ra” y Akonti era el guardián de dicho tesoro.
Terminada la pequeña merienda, nos encaminamos a una de las caballerizas de la casa del general. Todo parecía normal, los caballos, el pienso, los aperos y los carruajes. Akonti movió con vigor un montón de paja que se apilaba en uno de los rincones de la estancia y pudimos ver una trampilla de madera. La abrimos y accedimos a una escalera subterránea. Bajamos por ella siguiendo la estela del militar que nos iluminaba con una lámpara  de aceite. Al poco penetramos en una sala poco espaciosa en cuyo centro había una pequeña ara de piedra con símbolos dedicados a Ra. Sobre la cubierta del pequeño altar estaba una caja de oro, repujada de piedras preciosas.
Homet-Ra la abrió y sacó de su interior un pequeño objeto que representaba un ojo humano. Se trataba de una pequeña placa de porcelana con el diseño de un ojo alargado. En la parte posterior había como un pequeño receptáculo que, según nos comentara nuestro maestro, contenía un metal sagrado dejado por el propio Ra, que empleado sabiamente podía darte acceso al pasado, al futuro o al conocimiento superior de los dioses. Pero en la misma medida que te daba sabiduría, si el que lo empleaba no estaba preparado podía volverse loco.
Homet-Ra nos mandó sentar alrededor del ara. Luego tomó el ojo de Ra y se lo puso a Maser en su frente. Maser cerró los ojos a la vez que se contraía su rostro. Lo que estaba viendo no era precisamente algo muy gratificante, puesto que las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos, a la vez que se contraía su mandíbula. ¿Qué estaba viendo? Después mi maestro me la puso a mí sobre la frente. Casi al instante pude ver al propio Ra, que me miraba con una inmensa beatitud. Luego pude ver a todos los guardianes del Ojo de Ra que habían custodiado el tesoro. Vi en igual medida como en los años sucesivos acudía a consultar el ojo. Vi la muerte de Akonti y donde tenía que esconder la reliquia hasta mi muerte. Finalmente vi como la Fraternidad Solar desaparecía en la Tierra y como el ojo terminaba olvidado en los meandros del tiempo. La Fraternidad Solar siguió operativa en el mundo astral, siendo por tanto las iniciaciones realizadas a través del sueño o de la meditación y oficiada por seres superiores que, aquí o allá, en este tiempo o en otro, iban renovando el juramento de los viejos iniciados en las diversas reencarnaciones por las que retornábamos al planeta.  Y curiosamente me ví escribiendo este relato, con plena consciencia de lo que viví en Egipto y con el compromiso que adquirí al revelar este relato.
Maser nos miró alucinado. Era un ser entrañable pero de pocas palabras, incluso le costaba pronunciarlas con soltura. Vivía más hacia dentro que hacía afuera de sí mismo.
- He visto mi destino. Mi padre me ha llamado desde el otro lado y me ha dicho que tengo que seguir con su plan monoteísta. Debo tomar a los hebreos de Egipto y renovar el reino de Akhenaton en la Tierra. El me guiará y me llevará desde el cielo a la “Tierra Prometida” Este es mi destino.
Volvimos a Tebas. Ahora mi nombre era Homet-Nut. Nada quedaba del niño campesino, que había iniciado tan extraño viaje de la vida. Al día siguiente tomé el camino de Menfis. Homet-Ra se quedó en Karnak, siguiendo su anodina tarea de formar jóvenes para integrarlos en la administración egipcia. Maser por su parte comenzó a integrarse y aprender el idioma de los esclavos hebreos pues en los años sucesivos tendría que sacar el conocimiento iniciático del viejo Imperio para preservarlo en la Nueva Tierra.
¿Dónde está el ojo de Ra? … permitirme que guarde algún secreto. Que sea el tiempo y el elegido quien revele su existencia.
A los tres años de mi destino en Menfis viví un fenómeno extraordinario que paso a contaros:
Estaba meditando, como cada amanecer, mientras los primeros ratos del Sol bañaban mi rostro, cuando fui arrebatado en espíritu hacia el cielo. Una nube metálica gravitaba invisible sobre la gran pirámide. Era la misma nube metálica que años antes había acogido nuestra iniciación. La misma sala luminosa, pero esta vez no estaban mis hermanos. Solo Homet-Ra, que venía con una sonrisa maravillosa.
- Hijo mío; ha llegado mi tiempo. Retorno a la Morada Solar. Mi trabajo ha terminado.
Me dio tres besos y puso su Sol sobre mi pecho. En el mismo instante noté una presión cálida y firme sobre mi cuerpo. Era como si mi Sol se viera impregnado de todas las experiencias y vivencias de mi entrañable maestro, pero también sentí la tristeza de su marcha y la tremenda responsabilidad que caía sobre mis hombros.
- Yo estaré hablándote desde el otro lado a tu corazón. Recuerda que nunca estarás solo.
Aunque estaba en desdoblamiento astral, sentía las lágrimas correr por mis mejillas, sentía quebrado mi corazón, pues nunca, en ninguna vida, amé tanto a un ser humano…. ¡Cómo te añoro, venerable maestro! El se marchaba con la misión cumplida y yo quedaba en el reino de los muertos de carne que desde antes hasta ahora, seguimos en la más profunda de las cegueras.
Mi maestreo desapareció de la estancia. Luego fui llevado a una sala y acostado sobre una camilla. Seres extraños, con ojos negros grandes, de medio metro de estatura y con una enorme cabeza rodearon la camilla. Un ser de pelo casi blanco, bellísimo parecía dirigirlos con una extremada precisión. Luego comenzaron a introducir unas agujas largas de metal sobre mi cerebro y encima de mis ojos. Yo me sentía incómodo, y me dolía el cuerpo, pero no podía moverme.  Finalmente me soltaron y me vi de nuevo introducido en mi cuerpo. Yo pensé que habían pasado unos minutos, pero habían sido tres horas las que habían ocupado el tiempo de aquella extraña meditación. Abrí los ojos y comenzó el mayor de los tormentos que pueda padecer el ser humano.
A partir de aquel día podía ver sin evitarlo a los seres muertos que viven entre nosotros. Veía las larvas que portan los seres humanos en sus enfermedades. Podía hablar con los animales, las flores, y los árboles. Podía dialogar con los dioses y con los muertos, podía traspasar el tiempo y el espacio. Comencé a vivir en varias realidades a la vez. Podía hablar con los duendes y con las maléficas criaturas de la noche.  A partir de entonces tuve que convivir con la clarividencia. Y entendí a mi maestro cuando sufría por vivir en esta realidad.
“Tú serás nuestros ojos en la Tierra. Tú verás a través de nosotros y nosotros a través tuyo” Estas fueron las palabras que dejaron mis hermanos del cielo en mi espíritu y así viví, así vivo aún hoy sin poder remediarlo.
A los tres días llegaron a Menfis la noticia de que en Tebas, un viejo sacerdote maniático, raro y anacrónico había muerto. Era Homet-Ra que fue enterrado en un pequeño nicho del Valle de los Reyes, pues nunca tuvo más que lo necesario para mantener su precaria identidad entre los seres humanos.
A partir de aquel día me aficioné al teatro y tuve que aprender a mentir, a fingir y a interpretar el papel de imbécil entre los encumbrados sacerdotes de los viejos cultos de Egipto.
Maser, desde Tebas me envió a uno niño llamado Josué, al que emplee como ayudante mío y al que instruí en los misterios; tal  y como hiciera conmigo Homet-Ra. Cuando el joven alcanzó la edad de dieciocho años retornó a Tebas con un bagaje de sabiduría y se puso a las órdenes de Maser; que ahora, el pueblo de su madre, le llamaba Moisés. Al año siguiente, Moisés marchó de Egipto para cumplir su misión. Reinaba entonces  Ramsés II. Fue el año de mi muerte y de mi liberación. Fue el año en que de nuevo pude abrazar a mi venerable maestro Homet-Ra, pero en el paraíso.
Esto es cuanto recuerdo. Esta es la verdad. Sea vuestro espíritu quien discierna, seleccione y cribe cuanto me ha tocado verter a vuestras conciencias.
Homet-Nut.
 
Heliocentro: www.heliocentro.net
 

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